lunes, 29 de agosto de 2016

SABOYARDO


     El adjetivo con que nos referimos al natural de Saboya o a lo perteneciente a dicha región –antaño italiana, hoy francesa- es saboyano; aunque algunos hispanohablantes dicen saboyardo, lo cual no es incorrecto.


saboyano y saboyardo son adjetivos que valen para designar lo que es de Saboya
Escudo de Saboya


     El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua -o Diccionario de la lengua española- en las ediciones de 1803, 1817, 1822 y 1832 recogió ambos vocablos; y el CORDE de dicha institución acredita el uso de saboyardo desde la época clásica:

     <<Vínole orden del duque de Saboya para que marchase con los españoles y dejase los saboyardos y otras naciones que estaban a su orden, y que dejase a los franceses a que siguiesen su camino>> (La vida y hechos de Estebanillo González [1686]).

     <<Salí a boca de noche de la ciudad como gran señor o como mercadante de banco roto, metime en la carroza que va a Florencia, adonde nos hallamos una mezcla de todas yerbas, así de oficios como de naciones, porque iba en ella un judío de Venecia, un esmarchazo milanés que salía a cumplir diez años de destierro, una dama siciliana que por ser antigua en aquella milicia iba a ser bisoña en la de Liorna, un fraile catalán que iba a Roma a absolverse de ciertas culpas, y un peregrino saboyardo que iba a confesar algunos pecados reservados a Su Santidad>> (Ibídem).

     <<En Italia, cuando el ejército francés y saboyardo amenazaba, orgulloso, apoderarse de todo el Estado de Milán, el marqués de Leganés, con el de su majestad, le acometió en sus propias fortificaciones y rompió con tanta bizarría que mereciera ser reprehendida, como temeridad, si el tiempo no violentara las resoluciones o si en los ejércitos de Su Majestad, acostumbrados a cosas grandes, no fuera esfuerzo lo que en los otros arrojamiento>> (Traducción de <<La libra>> de Virgilio Malvezzi [1639]).

   REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CORDE) [en línea]. Corpus diacrónico del español. <http://www.rae.es> [Consultado los días 28-08-2016 y 29-08-2016].

       Y de la Red se sacan otras citas, como por ejemplo:

     <<Lo mismo hicieron los judíos, cercados de Tito; y los godos, de Belisario; y los saboyardos, en lugar desta ceremonia, salieron a recibir a Aníbal con unas coronas de flores...>> (Cristóbal de Benavente y Benavides Advertencias para reyes, príncipes y embajadores [1643] páginas 254 y 255).

     <<Los franceses halagan a los saboyardos, pero no se fían de ellos…>> (Juan Alfonso de Lancina Comentarios políticos a los <<Anales>> de Cayo Vero Cornelio Tácito [1687] página 117).

     Saboyardo es, como vemos, un arcaísmo que todavía sigue vivo.




jueves, 25 de agosto de 2016

EL CORRIENTE, LA CORRIENTE


 suele decirse la corriente cuando se habla de las aguas, pero también es correcto decir el corriente


     El vocablo corriente, usado como sustantivo con el significado de <<curso de las aguas>>, tiene género femenino. Así lo ha traído siempre el Diccionario de la RAE y así lo emplean la mayor parte de los hablantes.

      Hay algunos, sin embargo, que lo hacen masculino, uso que es también antiguo en nuestro idioma, como se puede comprobar con las siguientes citas de la obra del escritor clásico Francisco de San Juan y Bernedo Historia sagrada de la vida de Cristo y de María Virgen (1698):

      <<… y con los altos fines adonde la destinaba el impetuoso corriente de la Divinidad…>> (página 30, columna 1).

      <<Porque en el mar océano de María entraban todos los corrientes caudalosos de las gracias y favores del Verbo humanado y este mar no redundaba, porque tenía capacidad y senos para recibirlos; pero volvíanse estos corrientes a su principio, remitiéndolos a él la feliz Madre de la Sabiduría para que corriesen otra vez…>> (página 96, columna 1 in fine y principio de la columna 2).

      Y hallamos otro ejemplo en la traducción de la <<Eneida>> de Virgilio hecha por Juan Francisco de Enciso Monzón (publicada también en 1698):

      << ¿No has visto en la florida primavera/ cercar los lilios susurrantes coros,/ que cuanta dio fragancia opima esfera/ la expenden en formar dulces tesoros?/ Pues, desta misma suerte, considera/ en los corrientes de cristal sonoros/ un enjambre de almas, cuyas plumas/ coronan de el Leteo las espumas>> (página 124, columna 1).

      La concordancia entre los sustantivos y los adjetivos que los acompañan descartan de todo en todo que en tales citas haya erratas de imprenta.



miércoles, 17 de agosto de 2016

LA MUTACIÓN DE CERVANTES (Y OTROS CLÁSICOS)

Ahora se adaptan al español actual las grandes obras escritas en español clásico


     Desde finales de julio hasta mediados de agosto he asistido, como espectador, a varias funciones poéticas, una de las cuales estuvo dedicada a los versos de Miguel de Cervantes, en atención a que este año conmemoramos –no muy bien, dicho sea de paso- el cuadringentésimo aniversario de su fallecimiento. 

     Se leyeron varios poemas del gran escritor, mayormente los contenidos en el Quijote; pero lo que más interesante me pareció fue la crítica que se hizo a cierta costumbre que de un tiempo a esta parte se está introduciendo: la de hacer adaptaciones de las grandes obras clásicas para el uso de los estudiantes, sustituyendo el español original por el actual. 

     Los presentadores se quejaron -entiendo que con toda la razón del mundo- de tales adaptaciones, porque impedían que los jóvenes que las leían vieran y reflexionaran sobre las mudanzas que ha habido en nuestra lengua desde aquella época hasta hoy, lo cual siempre es muy útil y beneficioso.

     Por otra parte, las adaptaciones impiden que se conozcan palabras que emplearon los escritores antiguos –no sólo Cervantes, sino también Lope de Vega, Quevedo, Pineda, Cabrera o Calderón- y que, aunque se hayan dejado de usar en muchas partes, en otras siguen vivas, como es el caso de acalenturado, Antecristo, bastonada, cortada, eximición, ponzoñar, terminista o tibiar, por poner algunos ejemplos.

     Pero el mayor daño que causan es mover a los jóvenes a pensar que el español empleado por los clásicos (el de los siglos XVI y XVII, el que tenía por fin originalmente guardar la RAE, el que hasta hace pocos decenios servía para dirimir las disputas sobre lo que estaba bien o mal dicho) se ha convertido en una especie de lengua muerta, cosa falsa, sobre todo, en el caso del Quijote, que fue escrito con un estilo tan llano que cualquier lector medianamente culto de nuestro tiempo, ayudado de un no muy extenso glosario, puede entenderlo.




viernes, 12 de agosto de 2016

ILUSAR



Ilusar, verbo derivado de iluso, que significaba engañar el demonio a alguien


     Otro vocablo que, leyendo libros antiguos, hemos encontrado, pero que no vemos en ningún diccionario, es el verbo ilusar.

     Dicho verbo está en la obra del escritor clásico Fray Gabriel de Aranda, publicada en 1696, El artífice perfecto ideado en la vida del v. hermano Francisco Díaz del Ribero (página 288):

     <<…y, entonces, el demonio, viendo lo que al hombre pasa, le está facilitando las cosas, ayudándose de cuanto sabe y puede adelantar y conservar al tibio en este daño y perdición de fervor; ayudándose, entonces, de las pasiones del hombre, de sus depravados apetitos y malas inclinaciones, pretendiendo hacer guerra al hombre con las armas que tiene en su casa; y con el mismo daño que conserva de puertas adentro en la viciada naturaleza y en orden a hacer suyas estas armas dañosas para el hombre y ganarlas, para tenerlas de su mano, se vale de aquellas inteligencias sutiles con que suele ilusar y engañar al hombre…>>

     El sentido de ilusar parece que deriva del que se le daba a iluso en aquella época, según el Diccionario de autoridades:

     <<Rigurosamente, quiere decir engañado o burlado; pero en nuestro castellano se toma casi siempre y se aplica al que está engañado y falsamente persuadido del demonio en materias de aparente virtud>>.




miércoles, 10 de agosto de 2016

FESTOSO

Festoso, adjetivo sinónimo de festivo


     El adjetivo festoso, sinónimo de festivo, no se halla en ningún diccionario de nuestro idioma (ni en el que hace la RAE ni en otro que conozcamos), aunque lo emplean algunos hispanohablantes americanos. 

     Un ejemplo de su uso nos lo da la siguiente cita del escritor cubano José Martí (1853-1895), en el artículo Los abanicos de la exposición Bartholdi:

     <<… y se tienden en guirnaldas de rosas, en olas de mar, en celajes espesos azules por sobre las varillas, por sobre las junturas, por cuanto espacio blanco ofrecen el pergamino o el hueso: –así sobre sus marcos admirables concluye ahora sus cuadros impacientes el festoso Michetti...>>.

     Este adjetivo, probablemente, es otro caso de voz arcaica que se ha mantenido en América a pesar de haber desaparecido en la Península, porque, como comprobamos, lo usó el escritor clásico Juan Alfonso de Lancina, de finales del siglo XVII, en dos de sus libros:

     En los Comentarios políticos a los <<Anales>> de Cayo Vero Cornelio Tácito (publicados en 1687, página 363) dice: <<Todas las cosas se han de ejecutar de los soberanos con una cierta moderación: mostrarse festoso con la plebe conviene a la majestad…>>.

     Y en la Historia de las revoluciones del senado de Mesina (del año 1692, página 509) dice también: <<Con esta noticia prosiguió el viaje y entró en el puerto, que estaba coronado de multitud de pueblo, festoso y alegre…>>.




viernes, 5 de agosto de 2016

EN ESPAÑA HACE FALTA QUE LA POLÍTICA PRESTE ATENCIÓN A LA LENGUA

     Y hace falta porque no la atiende nada.

Hay legislar sobre la lengua en España, de una vez

     En estos casi cuarenta años que han pasado desde la restauración de la democracia, no se ha promulgado por las Cortes ninguna ley de defensa del idioma español; tampoco ha habido ninguna ley nacional que tratara de establecer la armonía en lo tocante al uso de las lenguas que se hablan en España; tampoco se ha legislado para protegerlas todas de la influencia anglosajona. 

     Creo que este período de casi cuarenta años se puede dividir en dos:

     El primero va desde la Transición hasta el comienzo del siglo XXI –esto es, hasta hace tres lustros, aproximadamente-. En él hay aún interés por el español: oímos debatir, de cuando en cuando, sobre su situación tanto dentro de España como fuera, sobre los extranjerismos y neologismos, sobre la autoridad de la RAE –a la que se mira, en general, con respeto-…

     Se hace hincapié en el estudio de idiomas, principalmente del inglés, pero lo consideramos, en cierta manera, un rival; así, por ejemplo, cuando en abril de cada año se conmemoraba la muerte de Cervantes, no era raro oír que el nuestro era el segundo idioma en importancia del mundo, que estaba muy extendido, que tenía cientos de millones de hablantes nativos, etc. En la Universidad hasta oíamos a algún profesor jactarse de que España era una de las naciones que más erasmus recibía.

     No obstante lo anterior, el interés que parece que había se queda en palabras y discursos, porque no se aprueban normas jurídicas ni planes generales de obligatorio cumplimiento para proteger el idioma.

     El segundo período comienza casi con el nuevo siglo y en él, aunque gracias a la tecnología los debates sobre el idioma y la solución de las dudas lingüísticas llegan a más gente, se observa también mayor falta de interés; se duda de que el español necesite de protección y hasta de si la RAE, a la que algunos juzgan anacrónica, debe existir; a la par, hay gran tolerancia respecto de las infinitas voces extranjeras que se introducen en nuestro idioma. Para colmo de males, los políticos favorecen la anglicanización de la educación pública, convencidos de que así ganarán votos (algunos aun se califican a sí mismos, sin rubor, de <<anglomaníacos>>).

     Las circunstancias actuales hacen más necesaria que nunca una ley, similar a la francesa de Toubon, que regule todas las materias que tengan que ver con la lengua. Los fundamentos constitucionales de tal norma se hallan en los artículos 149.1.1ª y 150. 3 de la Carta Magna:

     <<1. El Estado tiene competencia exclusiva sobre las siguientes materias: 1ª) La regulación de las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales>>.

     <<El Estado podrá dictar leyes que establezcan los principios necesarios para armonizar las disposiciones normativas de las Comunidades Autónomas, aun en el caso de materias atribuidas a la competencia de éstas, cuando así lo exija el interés general. Corresponde a las Cortes Generales, por mayoría absoluta de cada Cámara, la apreciación de esta necesidad>>.
    



lunes, 1 de agosto de 2016

DEFENSA DEL IDIOMA (II)

NUESTRO IDIOMA HA TOMADO VOCES DE OTROS


El español clásico recibió muchas voces de otros idiomas, principalmente, del francés
El escritor clásico Lope de Vega

     Siempre se ha visto introducir vocablos de unas lenguas en otras. 

     Respecto del español, todos conocemos unos versos de Lope de Vega que dicen así:

     <<Favorecido, en fin, de mis estrellas/ algunas lenguas supe; y a la mía/ ricos aumentos adquirí por ellas>>.

     También sabemos que en la época de esplendor de nuestro romance -siglos XVI y XVII- se asentaron y se hicieron españolas, por tanto, muchas voces procedentes de otros idiomas -el francés, principalmente, y después las lenguas indígenas americanas-. Buen número pertenece al ámbito militar (como alabarda, aproches, arnés, blinda, carcasa y petardo, entre otras), al de la navegación (como bauprés, estay, estrenque o relinga), al artístico y técnico (como arbotante, esbelteza y esbelto o pitipié) o al culinario (como maíz o patata). 

     En general, las voces que se introducen designan lo que no era conocido entonces, aunque también entrarán otras no muy necesarias (asamblea, moda -que acabará sustituyendo a usos- o víveres -que sustituirá a bastimentos-). Así y todo, que en este tiempo la lengua tolerara la introducción de extranjerismos traía causa de que, respecto de las palabras propiamente españolas y las formadas por derivación de otras españolas, el número de las extranjeras no era muy grande.


LOS EXTRANJERISMOS DESDE EL SIGLO XVIII


La RAE se funda para proteger la lengua española de la gran influencia de la francesa
Emblema original de la Real Academia Española de la Lengua

     Muy distinto de lo dicho anteriormente es lo que nos ocurre en los siglos XVIII y XIX y en la primera mitad del XX con el francés. Convertida Francia en la nación más poderosa y con más almas de Europa, su idioma adquiere enorme autoridad y se estudia en todas partes. Ello acarreará el afrancesamiento de gran parte de la población culta de las demás naciones y, por el consiguiente, de sus lenguas.

     Ya no entrarán sólo en nuestro idioma palabras para nombrar los nuevos inventos o descubrimientos; ya no entrará alguna que otra palabra extranjera y sustituirá a una española precedente, sino que los galicismos comenzarán a correr a raudales, mezclados los que se necesitaban de verdad con los superfluos… y lo que es todavía peor: vocablos que tenían un significado asentado en nuestra lengua tomarán otro nuevo, no acorde con su origen, por influencia de vocablos similares del francés (lo que se llama paronimia interlingüística). 

     Contra todo esto se alzará el purismo, que defenderá que se usen las palabras castizas, esto es, las consideradas de casta.

     La RAE, en el período comprendido entre su fundación, en el siglo XVIII -precisamente, con el fin de proteger el español de la influencia del francés- y la segunda mitad del XX, topa con ciertas dificultades para admitir y adaptar los extranjerismos que parecían necesarios, tal como refiere en el prólogo de su Diccionario de 1899:

     <<La Academia se ha dedicado con toda asiduidad a perfeccionar su obra en cuanto le ha sido dable, rectificando etimologías, corrigiendo definiciones, suprimiendo superfluidades, enmendando errores y aumentando el caudal de voces, ya con algunas hasta ahora omitidas y cuyo empleo abona la autoridad de buenos escritores, ya con muchas otras que han alcanzado la sanción del uso general bien dirigido. Regla constante ha sido no admitir en el DICCIONARIO vocablo que carezca de aquella autoridad o de esta sanción; pero las instancias, cada vez más apremiantes, con que muchas personas amantes del bien decir han solicitado de este Cuerpo literario parecer y consejo sobre la más apropiada manera de designar objetos antes poco o nada conocidos, y la consideración de que muchas veces esa actitud pasiva es causa de que corran y se vulgaricen palabras de muy viciosa estructura, sobre todo, en los tecnicismos científicos e industriales, han traído la necesidad de incluir, tras detenida discusión y maduro examen, algunas voces, aunque pocas, desprovistas de aquellos requisitos y formadas por la misma Academia con estricta sujeción a las leyes por que se rige nuestro idioma>>.

     Es natural que las dificultades fueran mayores respecto de las voces de origen francés, que eran las más abundantes y que se miraban, por tanto, con más recelo. Así y todo, se van reconociendo y adaptando gran número de las de allende los Pirineos, como báscula, biberón, bufanda, chaqueta, corsé, cremallera, cupón, esparadrapo, flan, gripe, landó, pupitre, quinqué… 

     También se introducen en el Diccionario voces de origen inglés (porque cada vez se nota más el poderío del imperio anglosajón): cheque, clíper, cúter, dragar, lugre, rifle, tranvía, trole, yate… Es interesante la explicación que añade la RAE en la palabra cúter –cierta embarcación- cuando la reconoce: <<… nombre tomado del inglés y adoptado por franceses e italianos>>.

     Como se echa de ver, el principio que guiaba a los miembros de la Real Academia Española de la Lengua era el de admitir los extranjerismos que designaban inventos, artefactos y otras cosas no conocidas. La mayor parte de estas voces extranjeras hispanizadas no fue rechazada ni siquiera por los puristas más recalcitrantes, los cuales dirigían sus críticas contra otras –las introducidas sin necesidad- y contra los parónimos interlingüísticos. De las reconocidas por la RAE hasta la segunda mitad del siglo XX sólo abominaron de algunas que también consideraban superfluas (ambigú, club, cotizar, esplín, petimetre, raíl…), al entender que había vocablos castizos que significaban lo mismo.


SITUACIÓN DESDE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX


Tras la II Guerra Mundial el inglés es la lengua preeminente y llena a las demás de anglicismos
<<Guerra>>, pintura de Jackson Pollock

     Tras la II Gran Guerra, el idioma de los vencedores -los estadounidenses y británicos- arrebata la preeminencia al de Luis XIV y, con la ayuda de la tecnología -sobre todo, la audiovisual- empieza a arrojar sus vocablos a diestro y siniestro y con más fuerza que el francés en lo antiguo, ya que éste, para su difusión había dispuesto de la imprenta, principalmente (y en un tiempo en el que no todos sabían leer). El progreso en todos los campos ahora usa el inglés, de suerte que cada vez hay más y más anglicismos (con que se designan nuevos inventos, nuevas comidas, nuevos deportes, nuevos contratos y actividades mercantiles….), agravado ello por la poca propensión de los anglosajones a forjar conceptos generales. Para colmo de males, la anglicanización ya no sólo se limitará a las personas acaudaladas, sino que se extenderá al común de los ciudadanos, hasta el punto de que en varios centros de enseñanza, el estudio del inglés, como vemos hoy día, ya se hace a costa del español.

     Los que mejor han sabido cómo proceder en esta situación han sido –y no por casualidad- los franceses, una vez perdida por su lengua la influencia de que gozó en lo pasado. El francés siempre ha gustado de recibir voces ajenas, lo cual a los propios hablantes no les ponía cuidado porque los extranjerismos no llegaban a una cantidad tan grande que menoscabara lo que ellos consideraban lo esencial de su idioma. Cuando, acabada la contienda, se percatan de que las voces inglesas que usan son cada vez más y, aunque útiles muchas de ellas, tienen forma y acentuación bastante contrarias a las propias del idioma nacional, lo que hacen es aprobar normas jurídicas (como la actual Ley de Toubon) que prohibirán el uso de extranjerismos y obligarán a inventar, para sustituirlos, neologismos según el genio del francés, a la par que nombrarán, oficialmente, comisiones de expertos encargados de inventar los dichos neologismos. Así, por ejemplo, para sustituir hardware se forjará matériel, para marketing, mercatique; para software, logiciel.

     Esta defensa del francés –que yo deseo también para nuestro romance- nada tiene que ver con una pretensa y abstracta pureza del idioma, sino con algo muy concreto: con que, como digo, la cantidad de voces, aun las útiles, de origen anglosajón es demasiado grande; de suerte que, aunque sólo atendiéramos a recibir las que designan cosas nuevas, tampoco la lengua nacional las podría sufrir todas. Las actuales circunstancias históricas de la lengua -que no son las de antes de la II Gran Guerra- demandan ser mucho menos tolerantes que antaño con los vocablos ingleses porque, precisamente, hay más que nunca. A haberse inventado el hardware, el marketing o el software hace más de cien años, ni que decir tiene que los franceses las habrían tomado de manera parecida a como suenan en inglés y nosotros también (quizás con las formas de jarguar, marquetín y soguar); pero se han inventado hoy, cuando la abundancia de palabras anglosajonas se ha vuelto insoportable. 

     Es por esto por lo que necesitamos una ley que, como la de Francia, asegure que se forjen vocablos conforme a la índole del español para sustituir los que, de origen inglés, se nos están metiendo en casa: las circunstancias históricas ya no son las de hace un siglo o dos y, por tanto, la recepción de voces extranjeras tampoco puede hacerse conforme a los principios de entonces.



     NOTA.- Cuando hablo de extranjerismos no incluyo las voces técnicas y científicas de origen griego o latino, las cuales, por lo general, suelen recibirse con gusto –quizás por considerar que el griego y el latín han seguido siendo idiomas universales y muy apropiados para expresar los conceptos de aquella naturaleza-.