lunes, 1 de agosto de 2016

DEFENSA DEL IDIOMA (II)

NUESTRO IDIOMA HA TOMADO VOCES DE OTROS


El español clásico recibió muchas voces de otros idiomas, principalmente, del francés
El escritor clásico Lope de Vega

     Siempre se ha visto introducir vocablos de unas lenguas en otras. 

     Respecto del español, todos conocemos unos versos de Lope de Vega que dicen así:

     <<Favorecido, en fin, de mis estrellas/ algunas lenguas supe; y a la mía/ ricos aumentos adquirí por ellas>>.

     También sabemos que en la época de esplendor de nuestro romance -siglos XVI y XVII- se asentaron y se hicieron españolas, por tanto, muchas voces procedentes de otros idiomas -el francés, principalmente, y después las lenguas indígenas americanas-. Buen número pertenece al ámbito militar (como alabarda, aproches, arnés, blinda, carcasa y petardo, entre otras), al de la navegación (como bauprés, estay, estrenque o relinga), al artístico y técnico (como arbotante, esbelteza y esbelto o pitipié) o al culinario (como maíz o patata). 

     En general, las voces que se introducen designan lo que no era conocido entonces, aunque también entrarán otras no muy necesarias (asamblea, moda -que acabará sustituyendo a usos- o víveres -que sustituirá a bastimentos-). Así y todo, que en este tiempo la lengua tolerara la introducción de extranjerismos traía causa de que, respecto de las palabras propiamente españolas y las formadas por derivación de otras españolas, el número de las extranjeras no era muy grande.


LOS EXTRANJERISMOS DESDE EL SIGLO XVIII


La RAE se funda para proteger la lengua española de la gran influencia de la francesa
Emblema original de la Real Academia Española de la Lengua

     Muy distinto de lo dicho anteriormente es lo que nos ocurre en los siglos XVIII y XIX y en la primera mitad del XX con el francés. Convertida Francia en la nación más poderosa y con más almas de Europa, su idioma adquiere enorme autoridad y se estudia en todas partes. Ello acarreará el afrancesamiento de gran parte de la población culta de las demás naciones y, por el consiguiente, de sus lenguas.

     Ya no entrarán sólo en nuestro idioma palabras para nombrar los nuevos inventos o descubrimientos; ya no entrará alguna que otra palabra extranjera y sustituirá a una española precedente, sino que los galicismos comenzarán a correr a raudales, mezclados los que se necesitaban de verdad con los superfluos… y lo que es todavía peor: vocablos que tenían un significado asentado en nuestra lengua tomarán otro nuevo, no acorde con su origen, por influencia de vocablos similares del francés (lo que se llama paronimia interlingüística). 

     Contra todo esto se alzará el purismo, que defenderá que se usen las palabras castizas, esto es, las consideradas de casta.

     La RAE, en el período comprendido entre su fundación, en el siglo XVIII -precisamente, con el fin de proteger el español de la influencia del francés- y la segunda mitad del XX, topa con ciertas dificultades para admitir y adaptar los extranjerismos que parecían necesarios, tal como refiere en el prólogo de su Diccionario de 1899:

     <<La Academia se ha dedicado con toda asiduidad a perfeccionar su obra en cuanto le ha sido dable, rectificando etimologías, corrigiendo definiciones, suprimiendo superfluidades, enmendando errores y aumentando el caudal de voces, ya con algunas hasta ahora omitidas y cuyo empleo abona la autoridad de buenos escritores, ya con muchas otras que han alcanzado la sanción del uso general bien dirigido. Regla constante ha sido no admitir en el DICCIONARIO vocablo que carezca de aquella autoridad o de esta sanción; pero las instancias, cada vez más apremiantes, con que muchas personas amantes del bien decir han solicitado de este Cuerpo literario parecer y consejo sobre la más apropiada manera de designar objetos antes poco o nada conocidos, y la consideración de que muchas veces esa actitud pasiva es causa de que corran y se vulgaricen palabras de muy viciosa estructura, sobre todo, en los tecnicismos científicos e industriales, han traído la necesidad de incluir, tras detenida discusión y maduro examen, algunas voces, aunque pocas, desprovistas de aquellos requisitos y formadas por la misma Academia con estricta sujeción a las leyes por que se rige nuestro idioma>>.

     Es natural que las dificultades fueran mayores respecto de las voces de origen francés, que eran las más abundantes y que se miraban, por tanto, con más recelo. Así y todo, se van reconociendo y adaptando gran número de las de allende los Pirineos, como báscula, biberón, bufanda, chaqueta, corsé, cremallera, cupón, esparadrapo, flan, gripe, landó, pupitre, quinqué… 

     También se introducen en el Diccionario voces de origen inglés (porque cada vez se nota más el poderío del imperio anglosajón): cheque, clíper, cúter, dragar, lugre, rifle, tranvía, trole, yate… Es interesante la explicación que añade la RAE en la palabra cúter –cierta embarcación- cuando la reconoce: <<… nombre tomado del inglés y adoptado por franceses e italianos>>.

     Como se echa de ver, el principio que guiaba a los miembros de la Real Academia Española de la Lengua era el de admitir los extranjerismos que designaban inventos, artefactos y otras cosas no conocidas. La mayor parte de estas voces extranjeras hispanizadas no fue rechazada ni siquiera por los puristas más recalcitrantes, los cuales dirigían sus críticas contra otras –las introducidas sin necesidad- y contra los parónimos interlingüísticos. De las reconocidas por la RAE hasta la segunda mitad del siglo XX sólo abominaron de algunas que también consideraban superfluas (ambigú, club, cotizar, esplín, petimetre, raíl…), al entender que había vocablos castizos que significaban lo mismo.


SITUACIÓN DESDE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX


Tras la II Guerra Mundial el inglés es la lengua preeminente y llena a las demás de anglicismos
<<Guerra>>, pintura de Jackson Pollock

     Tras la II Gran Guerra, el idioma de los vencedores -los estadounidenses y británicos- arrebata la preeminencia al de Luis XIV y, con la ayuda de la tecnología -sobre todo, la audiovisual- empieza a arrojar sus vocablos a diestro y siniestro y con más fuerza que el francés en lo antiguo, ya que éste, para su difusión había dispuesto de la imprenta, principalmente (y en un tiempo en el que no todos sabían leer). El progreso en todos los campos ahora usa el inglés, de suerte que cada vez hay más y más anglicismos (con que se designan nuevos inventos, nuevas comidas, nuevos deportes, nuevos contratos y actividades mercantiles….), agravado ello por la poca propensión de los anglosajones a forjar conceptos generales. Para colmo de males, la anglicanización ya no sólo se limitará a las personas acaudaladas, sino que se extenderá al común de los ciudadanos, hasta el punto de que en varios centros de enseñanza, el estudio del inglés, como vemos hoy día, ya se hace a costa del español.

     Los que mejor han sabido cómo proceder en esta situación han sido –y no por casualidad- los franceses, una vez perdida por su lengua la influencia de que gozó en lo pasado. El francés siempre ha gustado de recibir voces ajenas, lo cual a los propios hablantes no les ponía cuidado porque los extranjerismos no llegaban a una cantidad tan grande que menoscabara lo que ellos consideraban lo esencial de su idioma. Cuando, acabada la contienda, se percatan de que las voces inglesas que usan son cada vez más y, aunque útiles muchas de ellas, tienen forma y acentuación bastante contrarias a las propias del idioma nacional, lo que hacen es aprobar normas jurídicas (como la actual Ley de Toubon) que prohibirán el uso de extranjerismos y obligarán a inventar, para sustituirlos, neologismos según el genio del francés, a la par que nombrarán, oficialmente, comisiones de expertos encargados de inventar los dichos neologismos. Así, por ejemplo, para sustituir hardware se forjará matériel, para marketing, mercatique; para software, logiciel.

     Esta defensa del francés –que yo deseo también para nuestro romance- nada tiene que ver con una pretensa y abstracta pureza del idioma, sino con algo muy concreto: con que, como digo, la cantidad de voces, aun las útiles, de origen anglosajón es demasiado grande; de suerte que, aunque sólo atendiéramos a recibir las que designan cosas nuevas, tampoco la lengua nacional las podría sufrir todas. Las actuales circunstancias históricas de la lengua -que no son las de antes de la II Gran Guerra- demandan ser mucho menos tolerantes que antaño con los vocablos ingleses porque, precisamente, hay más que nunca. A haberse inventado el hardware, el marketing o el software hace más de cien años, ni que decir tiene que los franceses las habrían tomado de manera parecida a como suenan en inglés y nosotros también (quizás con las formas de jarguar, marquetín y soguar); pero se han inventado hoy, cuando la abundancia de palabras anglosajonas se ha vuelto insoportable. 

     Es por esto por lo que necesitamos una ley que, como la de Francia, asegure que se forjen vocablos conforme a la índole del español para sustituir los que, de origen inglés, se nos están metiendo en casa: las circunstancias históricas ya no son las de hace un siglo o dos y, por tanto, la recepción de voces extranjeras tampoco puede hacerse conforme a los principios de entonces.



     NOTA.- Cuando hablo de extranjerismos no incluyo las voces técnicas y científicas de origen griego o latino, las cuales, por lo general, suelen recibirse con gusto –quizás por considerar que el griego y el latín han seguido siendo idiomas universales y muy apropiados para expresar los conceptos de aquella naturaleza-.




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